Rams de núvia

Ramo de novia provenzal: Camila



Un ramo de novia provenzal con un diseño romántico. He puesto una peonia grande en la parte central, la he rodeado con tres pequeñas rosas verdes y magentas y dos rosas grandes de color blanco.
Con un finísimo hilo de plata hemos dado un toque de luz.









Ramo de novia provenzal con amapolas rojas
Ramo de cinco amapolas, lavanda y avena, acabado con una puntilla de color crudo, al más estilo provenzal.









Ramo de novia de tul y cristales
Para las más ATREVIDAS. Un ramo de flores blancas con tul y pequeños corazones de cristal Swarovski.






Ramo de novia de rosas blancas pequeñas
Doce rosas pequeñas, blancas, matizadas con un verde pálido en el centro y envueltas por el glamour de las plumas.





Ramo de novia con rosa central















Relato breve: Volver a verte


14 de junio

De: Mark                                     Asunto: Pruebo suerte
Para: Alejandra

¿Me acompañas? Mañana se celebran los 25 años olímpicos ¿Vienes?


Leo el mensaje, el primero que me aparece en el ordenador del trabajo. Me tapo los ojos como si mis manos pudieran protegerme de los recuerdos. Tu, otra vez, después de veinticuatro años de ausencia. Las imágenes que se habían refugiado en ese lugar inconsciente del olvido se han removido al ver tu nombre y se han vuelto tan reales como entonces. De nuevo cruzas el puente para llegar a la oficina. Llegas a los edificios del campus improvisado para los deportistas, las federaciones, la prensa, la organización y los centros de operaciones. El nuestro es el bajito, de dos plantas de color verde esmeralda. Cruzas con la vespa negra, antigua y llena de polvo. El aire te tira hacia atrás la corbata. Alegre, como siempre, los hoyuelos marcados y el pelo oscuro revuelto. Qué fácil era quererte.

Siempre nos unió el mar. Quizás porque nos conocimos en la playa, en la fiesta de bienvenida para los que acabábamos de incorporarnos. Había algo muy nuestro en aquel horizonte que nunca podríamos tocar. Por las noches, cuando nos sentábamos en la orilla, el silencio sólo se rompía con el movimiento de las olas. Respirábamos con ellas, tu cuerpo llenándose de aire, pegado a mí espalda, marcaba mí ritmo.

De la última noche, que ni siquiera pude adivinar que lo era, recuerdo la oscuridad. La luna que solo hacía unos días había iluminado el agua, desde ese horizonte hasta nosotros, tan redonda, tan brillante, se había ido haciendo pequeña y aquel día ya no la pude ver. Mi cuerpo temblaba sin frío. Bebimos dos botellines de Jack Daniels, fumamos. Nos sentamos en las escaleras del pequeño muelle por el que se accedía desde la playa. Las barcas eran blancas, los mástiles largos se balanceaban con la brisa y dejaban un sonido metálico que parecía de campanas.

He leído el mensaje tantas veces y he repetido tu nombre hasta cansarme. Te he acompañado a la fiesta. Nos hemos visto más veces, frente al mar, en tu coche, en la habitación de un hotel. Tantos años dan para mucho. Ahora tienes una torre junto al parque, una familia que te asegura una zona estable. Un hombre de traje, pienso. Reuniones, secretarias, coches, bicicletas, tai chi, comida ecológica, meditación. Todo en su justa medida. Llevas el pelo largo, canoso, recogido con una cola. Apenas reconozco a la persona que fuiste, pero los hoyuelos aún acompañan a tu sonrisa.

Quizás pensaste que podías regresar después de haber desaparecido media vida, con esa pose de persona buena, enfundado en tu Armani, seguro, respetable, con una vida tan correcta... Ofreciéndome tu ayuda a vete a saber qué y yo, sentada junto a la cama en la habitación del hotel al que me has llevado, te he mirado como si te viese por primera vez y me he preguntado si serías capaz de ver algo más que a ti mismo. No sé por qué, cuando he escuchado tu propuesta tan espiritual para experimentar juntos, me he puesto a reír. Se me han soltado los nervios. No podía parar. Te has callado un momento, ¿te estás riendo de mí?. Por mucho que he intentado escucharte no he podido. Escondido entre la meditación y el yoga, estaba tu objetivo: el tantra, porque, claro, ahora es lo más profundo para conocerse a uno mismo y a mí se me han hinchado las mejillas hasta escupirte el vino en la cara y las lágrimas me han corrido el rímel. Te has levantado, te has tumbado en la cama. Se me han acabado las risas “venga ven, has dicho” y con la mano derecha has dado unos golpes sobre las sábanas.

Cuando no estoy contigo se me remueve el cuerpo como si no pudiera arrancar tus manos de él. Qué fácil es desearte. No sé donde, ni cuando, ni cómo voy a volver a verte. Me he vuelto una mujer agendable, de tres a ocho. Nada más. Los lunes me envías un mensaje con las tardes que tendrás libres. Sé donde acaba todo y me pregunto qué hago otra vez a tu lado. Los días que no puedo verte la energía no me deja parar, ando, ando, ando hasta que los pensamientos se calman y estoy tan cansada que consigo ignorarlos.



20 de julio

De: Alejandra                                  Asunto: RE: pruebo suerte
Para: Mark  

Sabes, hace unos años conocí a un hombre tan auténtico que me enamoré. Cuando reapareciste para ir a la fiesta conecté de nuevo con toda la fuerza de aquel sentimiento. Hay cosas que ni con el tiempo puedo evitar.

Me hiciste una propuesta. No entendí nada. Sigo sin entender que hago yo aquí, después de 24 años, se me hace difícil entenderlo, conoces a tantas mujeres. De todas maneras la propuesta me la hiciste a mí y yo solo me decía “es Mark” ¿podía pensar otra cosa? No, era incapaz de reaccionar. Tu sí sabías lo que querías y me lo dijiste muy claro y como “eras Mark” todo me parecía bien.

Estamos en extremos muy opuesto ¿lo ves, verdad?

Lo que quiero decirte lo podría resumir en: “te quiero y no soy la mujer adecuada para acompañarte en estas nuevas experiencias que quieres vivir. Lo siento”.

No puedo involucrarme en este mundo de hombres casados, tan impersonal, donde se me da hora y día y se me apunta en una agenda porque realmente no hay más. El día que me llevaste al hotel Prisma, con la excusa de hacer fotos en el vestíbulo, y me pusiste en las manos la tarjeta que abría la habitación 505, pensé en cómo se debe sentir una mujer a la que pagan por horas ¿fulana la llamáis en tu mundo? No pienso que esa fuese tu intención. Ahora no me importa, me gustó volver a estar contigo, es una de las cosas que más encuentro a faltar cuando no te veo ¿pasión, deseo, amor? No lo sé.

El miércoles no vendré. No volveré a venir nunca más. No sé si he sabido expresarme y si he sabido transmitirte lo que realmente quiero decir. Hubiese preferido no hacerlo por estos medios tan impersonales que odio tanto. Nada puede sustituir una mirada o un tono de voz, pero me he dado cuenta de que quedar contigo cada vez es más complicado.

En la respuesta a tu primer mail te daba las gracias por haberme sacado de casa. Llevaba tantos años cuidando solo de la familia, sin moverme de mi espacio reducido. Ahora también quiero agradecerte todos los recuerdos que me has devuelto, tan cargados de sensaciones que ya ni recordaba, las tuyas; por haberme despertado ¡como estaba de dormida! ¿Quien sinó tu podías hacerlo?.

Yo seguiré aquí

Alejandra


Por las noches cuando salgo a andar, aunque sin darme casi cuenta, siempre acabo sentada en la orilla del mar. Siento frío en la espalda y me gustaría decirte que te hecho de menos.






Relato breve: los primeros recuerdos

En el primer cajón de la cómoda guardo mis palabras. Las que escribía con tinta azul en hojas ralladas como en la escuela de las monjas. Hay recuerdos que marcan siempre. Entonces yo tenía nueve. Lo que más marcó fueron las hostias, las de verdad, las que me dejaban vulnerable con un temblor en la mejilla, pero eso forma parte de los malos recuerdos que guardé hace tiempo.

Más allá del cajón está el pueblo, la escuela de la tía Helena que olía a gomas de nata y a pupitres de una madera suave de tan utilizada. La madera como las virutas de la carpintería del tío. Por las tardes bajaba a verlo y al abrir la puerta las veía bailar con el aire y mis pies pequeños se arrastraban entre los rulos blandos y perfectos que llenaban el suelo. Los buenos recuerdos. Los primeros como las cosquillas en mí boca de las burbujas de gaseosa salpicadas con unas gotas de café que a mis tres o cuatro años, me hacían sentir mayor.

Lo que marcaba el tiempo en nuestros días del pueblo eran las comidas, sobretodo la preparación que podía durar horas y dejaba las baldosas y mí espalda chorreando gotas. Recuerdo que la tía se colgaba su delantal de un color que no puedo definir, la cazuela en el fuego, la cuchara de madera gastada; la veía ir hasta la despensa y de donde sacaba un montón de cosas que iba dejando una al lado de otra con cuidado. Al final la magia, la caja de metal plateado. Las especias.


Las especias formaban parte de nuestra vida porque la tía las utilizaba según estaban sus emociones de aquel momento. Con el tiempo aprendí a adivinarlas por el olor que iba llenando la cocina. A días le brillaban los ojos y echaba granos de pimienta para avivar la pasión, me decía, girando por unos segundos la cara redonda que brillaba por el calor, hacia el rincón en el que yo siempre me sentaba a mirarla; otros la oía cantar y ponía pequeñas hojas de orégano. El lugar especial lo tenían las barritas de color tierra de la canela porque nos hacía mirarnos con sonrisas más cálidas. La dulzura del azúcar la guardaba para el final, para los momentos de las gotas de café.

Relato breve: Yo me acuerdo

(trabajo segundo)

Basta un instante. Son unos segundos en los que el olor de la higuera que hay cerca de casa, de camino al parque, hace que me pare. Es cuando llega una brisa de Levante. Cierro los ojos, husmeo el aire y de repente me vuelvo pequeña.

Los edificios encalados, la plaza de cemento, incluso los gritos de los niños y mi perra que me tira de la correa, todo se desvanece. Regreso al pueblo, al patio de la higuera grande que alcanzaba el primer piso, donde yo vivía los veranos. A un lado la puerta de cristal de la carpintería del tío, al otro las jaulas de las gallinas y los conejos. Corro con los pies descalzos por la arenilla. Una oca enfadada me persigue y cuando se marcha escarbo con las uñas la tierra en busca de mi tortuga escondida.

¿Qué sería de mí sin los recuerdos? Los que me habitan. Los de antes y los de ahora. Las mejillas de mis niños, pequeños, la suavidad que se me pegó en los dedos para siempre. La mirada de mi amante, cuando por unos segundos se confundía con la mía, profunda, el contacto húmedo de su piel con en el que aún me acuesto por las noches y me despierto cada mañana aunque hace tiempo que ya no está. Mis recuerdos me acompañan, en silencio, vete a saber desde qué lugar escondido.

Con su agilidad me transportan del patio a la calle donde jugaba con mi primos. Once eramos. Yo, ni de los grandes ni de los pequeños. Once. Estamos jugando a arrancar cebollas, a la charranca y a tirar la pelota contra a una puerta siempre cerrada. Una puerta alta de madera clara, brillante, que no nos atrevemos a tocar por miedo. Flojito nos contamos historias de mujeres encerradas que a veces nuestra imaginación convierte en asesinatos de película. Nos hacemos los valientes, le tiramos la pelota y marchamos corriendo.

Los recuerdos insistentes me revuelven ahora el pelo. El tren que me lleva cada verano desde la ciudad a la higuera. Saco la cabeza por la ventanilla bajada. Miro el tramo de vía que tenemos por delante con  piedras a los lados, los postes pasan rápidos mezclando el olor a brea con el carboncillo del humo de la locomotora. Los campos de maizales verdes, la marcha del tren se hace más rápida, y nos anuncia, entre silbidos alegres, que hemos llegado al tramo de bajada y queda poco por llegar al pueblo. Mí pelo largo vuela más alto entre mechones enredados.


Casi el tiempo de un parpadeo con el que me llegan espacios perdidos. Todo en ese instante, con un olor, un roce. Me lleno el cuerpo de sensaciones que no consigo retener. Cuando abro los ojos mi perra está sentada, me mira con las orejas altas y barre el suelo con su cola. Sigo el paseo hacia el parque, renovada, con una felicidad recién estrenada. Instantes. Quien sabe donde se han vuelto a esconder.

TOSCANA

"Cuentan que construyeron la vía férrea sobre los Alpes, entre Viena y Venecia, antes de que existiera un tren que pudiera realizar el trayecto, aún así la construyeron. Sabían que algún día llegaría el tren.
Si yo hubiera tomado otro destino ahora sería una persona distinta."